martes, 16 de diciembre de 2014

Dos


Dos años han pasado desde aquel momento mágico en el que recibí al bebé que poco a poco deja de serlo. 
Le veo crecer y trato de tatuar en mi alma cada travesura, cada carita tierna, cada palabra nueva... atesorando esos momentos que no vuelven. Que sé con absoluta certeza, porque ya lo he vivido, que son imposibles de repetir, que se escapan entre los dedos como si fueran arena. 

Perdonad mi ausencia. Sé que casi no escribo. Mi blog está un poco abandonado porque mi energía está entregada a otras cosas. Especialmente a mi chiquito, Piojillo pequeño y dulce, que me acompaña a todas horas. 

Sube y  baja, trepa, canta, salta.... Las madres de un deambulador sabréis lo difícil que es concentrarse con esa pequeña presencia cercana y lo preocupante que puede llegar a ser el silencio. Hay muchas cosas que he limitado en mi diario hacer, a las que he renunciado para poder dedicarme en exclusiva a criar a mi hijo pequeño. No me ha costado nada. 

De hecho, me siento privilegiada de poder hacerlo. De estar con él en todos sus instantes. De que nadie me cuente "como fue el día" porque somos nosotros los que tenemos tanto que contar. Vivir otras maternidades, las mías y las de otras madres, ha sido clave para apostar por cambiar radicalmente mi espacio de trabajo y prepararlo todo para poder ofrecerle mi tiempo. 

Ya tiene dos años... la infancia dura tan poco... Sé que podré volver a todas mis actividades en cualquier momento. Que aquello que no me espere, pues no sería para mí. No tengo miedo de dejar pasar el tiempo sin estar presente en todos los ámbitos en los que profesionalmente me manejaba hasta hace poco. Ya volverá ese ritmo. Ahora, pausa. En total libertad y con la seguridad de que es la mejor inversión de futuro que puedo hacer.  

Y mientras tanto, quiero disfrutar de lo alucinante que es ver a una hormiga avanzar, buscar tractores y excavadoras en las obras, mirar al cielo cuando suena un avión, saltar desde piedras inmensas en los parques, recoger flores y palitos, dar la teta mientras huelo su cabeza, mirarle embelesada mientras duerme. 

Gracias hijo mío por darme tanta claridad mental. Por que gracias a ti entiendo, por fin, qué es lo verdaderamente importante. Te quiero. Felices 2. 


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Yo no quería una doula

Yo no quería una doula. O al menos, no había pensando en ello en este último parto. No sentí necesidad de alguien que me acompañara, salvo por mi propia familia. 
Por eso, cuando en el pack contratado se incluía una doula... no me gustó demasiado la idea. A pesar de ello, decidí darle la oportunidad de conocernos y tratarnos. Ya nos conocíamos en otros ámbitos, puesto que también acompaño madres, e inevitablemente nos habíamos visto muchas, muchas veces en otros contextos.

Pero ahora, la madre era yo y la doula ella. Que extraño se me hacía todo. 

Y el día de conocernos llegó y me pareció simpática, agradable, dulce. Hablamos de mis necesidades, de mis preferencias, de mis preocupaciones. Hablamos de plan de parto y le dije que no necesitaba escribirlo, porque sabía que mi voz era suficiente y que solo necesitaba una cosa: estar bien acompañada. Ella sabía exactamente a qué me refería.

Nos vimos unas cuantas veces más. Siempre fueron visitas tranquilas, sin prisa. Charlar y contar mis deseos, mis preocupaciones (que luego se hicieron reales), reírnos, llorar. 

El día de mi parto (lo cuento aquí) fue la primera en llegar. Aguantó pacientemente mi (mal) humor. Me ofreció algo de beber, intentó que esté cómoda. Casi no habló. Pero su presencia era la única cosa que me hacía sentir segura, a pesar de que yo sabía que ella ni era personal sanitario ni podría hacer nada si mi matrona no llegaba a tiempo. Pero jamás hizo el intento de intervenir, ni sugirió, ni ofreció hacer absolutamente cosa que no le correspondiese. Simplemente estaba. Sentada a mi lado mientras yo caminaba de un lado a otro, asintiendo lo que yo decía, ofreciendo una infusión, acomodando las cosas que se necesitaban, controlando los minutos según mis indicaciones... Casi todo el tiempo en silencio (que yo pedía) o hablando, cuando le preguntaba. 

Cuando sentí que perdía el control sobre mi parto soñado me dijo dos frases que me volvieron a la tierra y a todo aquello en lo que creo. Me devolvió la fe en mi cuerpo y en mi espíritu, perdidos durante dos contracciones intensas; las únicas que dolieron. Fueron solo palabras. Palabras llenas de fuerza y confianza. 

Y luego el timbre sonó (llegaba la matrona) y pedí que me desvistieran. Entre ella y mi marido me quitaron la ropa. Estaba en completa.  Yo sentía que mi doula se adelantaba a mis deseos. Rápida pero suave. Es difícil de explicar su "estar", porque realmente no era visible... 

Mi matrona hizo su trabajo. Me hizo un solo tacto. Atendió mi parto. Acompañó ese momento con gran profesionalidad; con amor. Mi doula estaba allí, junto a mí y a una distancia prudente. Puso un cojín para que esté cómoda, me puso una mantita encima cuando nació el bebé para que estemos calientes, encendió el radiador -era invierno- , acomodó el escenario casi sin ser vista. Habló con mis hijas, con mi marido. Les aportó serenidad. 

Ya nacido mi bebé, me entró sed, y antes de que acabase la frase pidiendo algo de beber me ofreció un zumo de naranja. Se llevó las fundas del sofá que se habían manchado y cuando escuché la lavadora sonar lejana, me sorprendió no haberme dado cuenta del minuto en el que había hecho todo eso...  yo había sentido su presencia en todo momento. 

Podría contar muchas cosas más. Todo lo que NO hizo. No me tocó, no hizo tactos. No pretendió ser matrona a pesar de que no hubo ninguna hasta casi el expulsivo. No dio consejos. No decidió nada por mí. No me sugirió absolutamente nada, sino que apoyó cada cosa que se me ocurrió en cada momento; con tranquilidad. Su presencia fue luz. No realizó ningún procedimiento sanitario ni intentó cambiar mi opinión. No vigiló nada ni hizo ninguna otra cosa que estar a mi lado, donde yo la necesité. Nunca me sentí juzgada, no sentí que tuviera galones. No escuchó el latido del corazón de mi bebé, no me tocó la barriga, no me dijo que estaba con tal o cual centímetro de dilatación. Me dio la mano.

No hizo nada... pero hizo tanto. Yo no quería una doula, y sin embargo, que diferente hubiera sido todo sin su presencia.  Gracias Paca.

En esta foto, tomada por alguna de mis hijas con el móvil, mi marido, mi matrona y mi doula,
junto a mí y mi bebé


miércoles, 20 de agosto de 2014

Como si fuera ayer

Nunca como ahora he sido más consciente de lo rápido que pasa el tiempo. De lo pronto que un hijo deja de ser pequeño, de lo poco que dura la infancia. 
Quizá por eso vivo la crianza de este último piojillo de manera diferente. Bromeo con mis amigas y les digo que es como si fuera un nieto. No por la edad (aunque biológicamente podría ser abuela, no soy tan mayor) sino por la sensación de llevar todo sin preocupaciones. Disfrutando cada pequeño gesto, cada pequeña mirada, cada besito, cada palabra. 
Seguramente no disfruté de ver crecer a mis hijas de la misma manera... lo digo con pena. Renegué con los "experimentos" que me dejaban la mesa sucia, me enfadé por la leche derramada por las manos de bebés autónomas. No me percaté de sus logros con tanto detalle y soñé tanto con cómo serían cuando se hiciesen mayores que no fui capaz de ver que el tiempo se escapaba entre mis dedos. 

Mi hija mayor cumple hoy 19 años. Recuerdo como si fuera ayer su olor a recién nacida, su vocecita dulce, sus manitas pequeñas entre las mías. Puedo recorrer con mi memoria cada cumpleaños, cada momento que me hizo reír y que me hizo llorar. Recuerdo perfectamente la última vez que quise llevarla a la cabalgata de reyes y darme cuenta de golpe y porrazo que ella ya estaba en otra cosa. Recuerdo el día de su primera regla y lo mal que me sentó... como si fuese una señal de que mi niña había dejado de serlo... y es que yo no estaba preparada para eso.

No sé que día dejó de creer en el Ratón Pérez, ni el día exacto en el que fue sola al colegio. Pero recuerdo a sus "amores" y las pequeñas peleas con sus amigas. Me doy cuenta de que los días han ido pasando y no he tomado nota de todas sus primeras veces; son momentos que no volverán jamás. 

La mujer que duerme al lado de mi habitación, hace mucho que dejó de ser mi bebé. Hace mucho que toma sus propias decisiones para lo que considera mejor para su vida. Y no he tenido tiempo de acostumbrarme a ello. Ha sido todo tan rápido y a la vez tan sutil... que ahora que caigo, ya no hay nada que pueda hacer. 

No queda mucho para ese día en el que decida también volar del nido. Y no puedo evitar sentir dolor, ese dolor egoísta que quisiera retenerla para siempre a mi lado... pero sé que es así como tiene que ser. Y que cuando nace un hijo, es solo un préstamo. Una oportunidad maravillosa de ver con tus propios ojos el milagro de la vida. No dejo de decirle a las madres primerizas que hagan muchas fotos, porque aquel bebé durará solo unos meses... y aquel niño no lo será para siempre. Y nunca hay suficientes besos, suficientes abrazos. Que no teman dormir con ellos y cogerlos en brazos, porque un día, de manera definitiva y sin ningún tipo de anestesia, nuestros hijos se irán. 

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Feliz cumpleaños pequeña Valú. Disfruta plenamente de la vida. Sal, ríe, viaja, ama. 
Te amo con todo mi corazón. 
Mamá




lunes, 18 de agosto de 2014

¿Madre vs Madre?


Cada vez que hay un debate en torno a la lactancia, irremediablemente se empiezan a escuchar "no soy mala madre por"; "no eres mejor madre por", "no me hace mala madre".... Como si se tratara de un concurso de madres. Nos enfrentan. Hay incluso una nueva tendencia para reivindicar "a la mala madre"; pero en este tema, el de lactancia, no hay madres malas o buenas. Hay madres que hacen elecciones. 

Esto no es un problema de madre contra madre. Las madres hacemos lo que podemos. Y nuestras elecciones se basan en la información que tenemos; el problema es que la mayoría de las veces esa información es falsa. ¿Quién da esa información? Los profesionales. 

Son los profesionales sin formación en lactancia -de los otros hay muy pocos- los que difunden sus prejucios como si fueran ley. Y aquí un ejemplo de antología. En el muro de una conocida tienda de puericultura, una profesional de la salud, que según ella misma ha dicho, es nutricionista universitaria, titulada de la Universidad de Granada, máster en alimentación infantil y con una nota media de ocho,  ha dicho lo siguiente, entre otras perlas (que muchas hemos podido leer): 

...que solo el calostro tiene inmonoglobulinas, y que "acabado" el calostro, la leche de fórmula es mejor porque tiene lo que tiene que tener para alimentar al bebé en su justa medida; que ella como profesional de la salud sabe de lo que está hablando y que sólo se puede dar de mamar si se tiene un pecho "bueno" y se está muy bien alimentada. 

Estos comentarios que ya han sido borrados convenientemente, como no podía ser de otra forma, son una muestra de lo que se difunde de manera general en las consultas, en los ambulatorios y en blogs y páginas de profesionales que ignoran por completo el tema de lactancia, basan sus teorías en creencias y prejuicios personales y se cargan de forma lenta pero sin pausa la confianza de la madres. Difunden sus prejuicios con las consecuencias que leemos a diario en cualquier foro de madres; madres que quieren dar el pecho y han sido mal aconsejadas y desinformadas y que han hecho elecciones basadas en falacias.

Pero además de mal aconsejar, de desinformar desde la prepotencia, lo que nos tiene que quedar claro a las "simples madres" es que quien sabe de lactancia es "la autoridad". Que no importa cuánto te informes o sepas: Si eres madre y no tienes galones debes hacer lo que la autoridad manda, aunque de lactancia dicha autoridad no tenga idea, porque sino serás encasillada como subversiva y talibana. 

Las que vamos de enteradas y hacemos lo que nos da la gana, lo tenemos mejor. Vamos saltando obstáculos y más o menos bien, conseguimos lactancias exitosas a pesar de las separaciones, innecesáreas, frenillos sin diagnosticar o sobre-diagnosticados, mastitis sin tratar o mal tratadas.... Pero incluso cuando sale bien, nos quitamos méritos: Si tienes mucha leche es porque tomas muchas agua y alguna infusión de plantas varias; y sino es que ha sido "suerte". 

En cambio, quien va a consulta sin haberse hecho un máster de lactancia, saldrá de forma casi segura con ayuditas bajo la manga; con la idea de que si su hijo está bajo el percentil 50, es que no ha "aprobado", con pautas de alimentación ofrecidas en una hojita fotocopiada con un sospechoso logo en una esquina, con consejos fuera de toda evidencia como los muy conocidos 10 minutos de cada pecho y "a demanda", pero nunca antes de 3 horas. 

No es un problema de madres contra madres. Ni es una técnica de ventas de webs que nadie lee en verano y a quienes les viene genial tanto alboroto maternal.  No. Es una responsabilidad de los profesionales. Porque para que no se publiquen artículos penosos en los medios de información, para que no existan multinacionales lecheras que pongan publicidad en revistas médicas, para que dichas multinacionales no repartan "alegría y muestras" con sellos de la AEP, para que los ambulatorios y centros de salud dejen de regalar cajitas llenas de publicidad, son los profesionales los que deben decir NO GRACIAS. 

Y así, las madres tendríamos acceso a información de verdad. No compraríamos revistas con imágenes de niños preciosos tomando biberones bajo el eslogan "dale lo mejor a tu bebé", porque esas revistas o no existirían o tendrían otros mensajes.  Y después de eso, si con toda la información real y científica ofrecida, la madre decide no amamantar o dejar de hacerlo... entonces y solo entonces, será una decisión libre. Mientras tanto, todo es una vil manipulación. 


jueves, 10 de julio de 2014

Hospitales

Odio los hospitales. Me causan un sentimiento muy difícil de describir. Mezcla de angustia y miedo. El olor a medicina, las batas, el trajín, me hacen sentir muy vulnerable y temerosa. Alguna vez que mis padres han estado ingresados por alguna causa, soy incapaz de acompañarles sin transmitirles mis nervios y mi miedo a "que pase algo". 

Por eso cuando son mis hijos los que necesitan atención, tengo que hacer de mi corazón un nudo y "ser fuerte" para poder estar con ellos sin ser un obstáculo, un estorbo que impida curarles. 

Quienes me conocéis sabéis que soy muy crítica con la profesión médica, con las asociaciones y sociedades que les acogen y en general con los protocolos que se alejan de la ciencia y la evidencia. Por eso, y porque también quiero reconocer el trabajo bien hecho, escribo este post. 

Hospital de La Princesa

Ayer mi hija mayor se encontraba enferma. No solemos acudir a la medicina externa porque ya tenemos dos médicos en casa y normalmente es suficiente para cuando están resfriados o tienen pequeñas dolencias. Mis hijos son niños sanos. Pero Pioja se sentía mal a primera hora de la mañana y mis padres ya habían estado en casa, dando un primer vistazo antes de irse a sus respectivas consultas. No pensé ni parecía que fuera importante, así que me fui con los pequeños y la dejé en casa descansando. Cuando volví la encontré mucho peor y dormida. Al despertar le propuse ir a urgencias, esperando que me dijese que no hacia falta... pero me dijo que sí enseguida, cosa que me preocupó y decidí llevarla al ambulatorio del barrio. Allí, no nos atendieron rápidamente. Nos pusieron en lista y mi hija se encontraba cada vez peor: vomitando y doblada de dolor. Así que decidí, temiendo que fuese algo más, llevarla a nuestro hospital de referencia: La Princesa. 

En cuanto llegamos, con mi niña llorando y apoyada en mí, entregué su tarjeta sanitaria y antes de que terminara el registro teníamos un celador a nuestro lado, silla de ruedas lista, para llevarla a "clasificación" (donde se determina qué clase de urgencia y si es una urgencia el caso que llega) y una médica residente que hizo una señal y dijo, "me encargo". Me dejó sorprendidísima tanta rapidez. No llevábamos ni cinco minutos en el Hospital.

Desde el primer momento, empezando por la administrativa que nos hacía el ingreso, se mostraron educados, respetuosos y competentes. La primera médica tomó nota para empezar la historia, derivó rápidamente a sus compañeros y le pusieron un analgésico por vía. 

Estuvimos un poco más de cuatro horas allí. Durante ese tiempo mi hija fue revisada por varios equipos y derivada a su vez a otros. Medicina general, cirugía, ecografía, enfermería. Le pusieron una vía y le hicieron varias analíticas. Fue atendida con diligencia y cuidado. Aunque ella es mayor de edad y no pude estar presente en todos los momentos, me llamaban y me informaban de cada cosa que harían y me dejaban estar en algunas de las pruebas. 
No solo le atendieron con respeto y profesionalidad. Sentí cariño. Mucho cuidado y empatía. Todos los médicos que nos atendieron era muy jóvenes. Claramente menores que yo -hacía mucho que no sentía que un médico era más joven que yo... estoy envejeciendo- y el letrero de "residente" en su bata, pero con voces seguras y animadas. No fui la única. Vi y escuché como trataban de igual forma a todos los acompañantes y a todos los enfermos (y otros no tan enfermos que estaban en urgencias igualmente...) y sentí que mi hija estaba en buenas manos, que aún sin mi presencia, estaría bien. 
Finalmente, después de sueros y pruebas varias; de descartar algo más grave de lo que se veía, nos dieron la noticia de que no había nada que temer y que en poco tiempo le darían el alta junto con las indicaciones para casa. Salimos de allí de noche, en el mismo momento en el que llegaba en ambulancia un viejito con la cabeza rota y que seguramente se había caído... y ante mis ojos, todo volvía a pasar: el celador, la médica, la rapidez..."Pase, pase, no se preocupe, vamos.." 


Este post es para mostrar mi agradecimiento a aquellos profesionales que creen en lo que hacen. Para darles un abrazo a todos esos jóvenes médicos de ayer, para que no pierdan nunca el sentido de la humanidad, para decirles que admiro y valoro su trabajo y que me siento profundamente conmovida porque sé que no es fácil trabajar en según qué condiciones. Porque ayer nadie me preguntó nada raro, no hicieron mención a mi acento, no hubo un solo reproche por lo que hizo o dejó de hacer la paciente, ninguna palabra fuera de lugar, ningún tono de superioridad... 
Porque ayer no fue nada y dormimos en casa, pero le hicieron pruebas, varias y eficientes que descartaron rápidamente que no había que operar de nada y que podíamos estar tranquilas. Y no pagué. Pagamos todos... 
Porque creo, que parte de la responsabilidad para que siga funcionando un sistema de salud como el que tenemos, la tenemos los usuarios. Porque deberíamos usar este servicio cuando de verdad sea urgente y no colapsar-abusar de los medios que existen a nuestro alcance. 
Porque nunca se sabe cuándo vamos a volver... o para qué.